La mejor manera de entender la cocina marroquí es ir a comprarla primero. La mañana empieza en el mercado, donde la cocinera explica qué elige y por qué: la mezcla ras el hanout, los limones en conserva, las hierbas que se venden a puñados.
Después se vuelve al riad, y allí se cocina. No una demostración que mirar, sino una mesa en la que trabajar: las ensaladas, el pan, el tajine que se pone a fuego lento mientras se sientan a comer lo anterior.
Cada etapa de abajo es un punto de partida, no una regla. Díganos qué cambiar y rediseñamos la ruta a su medida.
Le recogemos en su riad o quedamos en un punto acordado de la medina.
Un paseo por el zoco con la cocinera: especias, verduras, hierbas y aceitunas, con las explicaciones que nunca aparecen en una receta.
De vuelta al riad para preparar ensaladas, pan y un tajine, cada uno en su puesto, a un ritmo que deja tiempo para preguntar.
Se sientan ante lo que han hecho, en la terraza o en el patio, con té con menta para terminar.

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