Marrakech nació en 1070 como un campamento en la ruta de las caravanas, y nunca ha dejado realmente de ser una encrucijada. Los almorávides la amurallaron, los almohades le dieron la Kutubía, los saadíes dejaron en ella sus tumbas, y los franceses levantaron una ciudad nueva junto a la vieja en lugar de encima. El resultado es una ciudad que se lee por capas, y cuyas capas siguen todas en uso.
Es además la respuesta práctica para un primer viaje a Marruecos. La medina es Patrimonio Mundial de la UNESCO, el aeropuerto está a quince minutos, y en tres horas de carretera puede estar en el Alto Atlas, en un desierto de piedra o en el Atlántico. Por eso estamos aquí y por eso la mayoría de nuestras rutas parten de aquí.
Una primera lectura de la ciudad, de los monumentos fundadores a lo que ocurre al caer la noche. Cada uno de estos puntos puede ocupar media jornada o una entera.
Una ciudad cerrada de callejones donde los oficios siguen agrupados por calle: tintoreros, caldereros, cuero, especias. Perderse forma parte del plan, y es más pequeña de lo que parece.
El alminar del siglo XII que sirvió de modelo a Sevilla y Rabat, los techos de cedro pintado del palacio de la Bahía, y las tumbas saadíes, tapiadas durante tres siglos y reabiertas en 1917.
Marrakech es una ciudad de jardines regados, alimentados por las jetaras. Majorelle por el azul y los cactus, la Menara por su pabellón y su olivar, el Agdal por su escala.
La plaza se vacía y se llena cada día: carritos de zumo de naranja, luego puestos de comida, luego músicos y cuentacuentos. La UNESCO la inscribió como patrimonio inmaterial, algo raro para una plaza.
El tajine y el cuscús de los viernes, pero también la tanyía que los hombres cuecen en las cenizas del horno del hamam, y una cocina callejera que da lo mejor de sí de noche.

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